Suscribo plenamente el proyecto de Facultad de la Empresa que proponen las editoriales de la Revista [Managemment & Empresa], pero deseo, además, como profesor universitario, pergeñar unas líneas sobre mis sentimientos con relación a la enseñanza de la empresa en la universidad pública. Lo hago, en primer lugar, para constatar que nuestra universidad tiene excelentes especialistas en las distintas áreas de conocimiento, pero poca gente que fomente los vínculos entre ellas. Éste es el problema: no hay ninguna área, y, por tanto, ninguna cátedra, que se reclame de la empresa, lo que convierte la tarea de formar directivos empresariales en un imposible lógico. Salvo que la Academia dé un golpe de timón y cambie radicalmente las cosas. Lo propuse, junto al profesor Tugores en 1999: la Escuela de Empresariales ha de ofrecerse como experimento piloto de innovación en el seno de la universidad pública.

Lamentablemente, generé más preocupación que entusiasmo. El horizonte de mis cavilaciones actuales vuelve a tener una motivación republicana: la Ciudad no puede renunciar a que de su seno nazca una Facultad de la Empresa independiente de los institutos religiosos más dinámicos en el capitalismo. Superar esta deficiencia ha de ser una tarea compartida y someto a la consideración de mis colegas que la Universidad de Barcelona sea el claustro en el que el conjunto de la universidad pública española cuente por vez primera con una Business School  de referencia, hecha con el esfuerzo de todos. La atmósfera de este centro de nuevo cuño debe ser la laicidad propia de la Ciudad: la convivencia creativa entre las distintas ideas. Barcelona ha sido durante estos días de octubre una tierra de laicidad. El concierto/ensayo de Riccardo Muti en el paraninfo de la UB el 13 de octubre por la mañana, una lección de humanismo y de búsqueda de la luz a través de la belleza de la música. La creación de la Liga por la Laicidad el mismo día en la sede de la Fundación Ferrer, apadrinada por los principales sindicatos y por la federación de asociaciones de padres y madres de alumnos, entre otras entidades, reclamando el derecho al espacio público. El funeral a Vázquez Montalbán, nuevamente en el paraninfo de la UB –calificado de catedral laica por el rector Tugores-, la tarde del 21 de octubre [M.V.M., el comunista  que reivindicaba el derecho a ser el último, el que apagara la luz, era, en tantas cosas, un dogmático, pero suficientemente librepensador como para formar parte del Comité de honor de la Fundación Ferrer]. Hay una Ciudad de hombres y mujeres que se sienten ciudadanos en la igualdad y en la libertad, que no discriminan entre “nosotros” y “ellos” y que se reflejan en la radical pluralidad de la Universidad de Barcelona. La Universidad de Barcelona puede ofrecer al conjunto del sistema universitario un centro superior de formación de directivos empresariales que aglutine, con unos perfiles característicos, en torno al valor central del libre pensamiento, al menos, la especialización de post-grado, la formación continua, la investigación y la consultoría. En cada uno de estos terrenos, participarían profesores de todas las universidades españolas y de algunas de otros países, mediante contratos de colaboración temporal. Diversos consejos asesores recogerían las aportaciones de los académicos, de los directivos, de los emprendedores, de los sindicatos, de los partidos políticos, de los colegios profesionales y de las iniciativas más sólidas de la sociedad. 

Una Facultad de la Empresa para la Ciudad, entendida ésta como la aspiración colectiva por una sociedad buena. Una ocasión de liderazgo para la Universidad de Barcelona, sin afán de exclusividad ni de protagonismo. Un proyecto que hunde sus raíces en nuestra historia y que podría despegar en cien días de trabajo intenso bajo un liderazgo fuerte y compartido.

 

Publicado en Management & Empresa, número 33 (octubre de 2003).