http://elpais.com/elpais/2013/09/18/inenglish/1379505032_962699.html

 

Javier Cercas published this article in EL PAÍS nearly two years ago, but it is still a useful paper to understand (a little bit) the political debate in Catalonia.

 

A cuantos, bien taponados sus oídos con cera,  se hallan enfrascados en el lanzamiento de monólogos sobre si Cataluña ha de convertirse en un Estado oficialmente independiente con bandera en Naciones Unidas o sobre si, por el contrario, ha de mantenerse como está, sometida a un régimen arbitrario por el Gobierno del Partido Popular que reduce la autonomía política al mínimo ante la inexistencia de un correcto sistema de financiación, me gustaría decirles que se han equivocado gravemente en sus planteamientos y que están haciéndole un daño irreparable a los ciudadanos de Cataluña y a la convivencia en general. Están perjudicando, además, a todas las personas con iniciativa que podrían contribuir al progreso, en el mejor sentido de esta palabra, y a cuantos son merecedores de políticas públicas de redistribución de la renta, abandonados a su suerte en el marco de una pobreza creciente, mientras la “identidad” –un concepto abstracto de otra época- impide que los electos y una buena parte de los servidores públicos cumplan la función para la que han sido designados.

Cojamos cualquiera de las encuestas que durante los últimos tres años se han interesado por conocer el estado de la cuestión sobre el modelo institucional para Cataluña. Da igual que en unas un poco más de la mitad estuviera a favor de la independencia y que en otras el resultado sea inverso. Dan igual los matices, porque el dibujo es siempre el mismo: hay o parece haber una cifra substancialmente idéntica de personas a favor de cortar amarras con el resto de España y de personas deseosas de mantener al conjunto de los ciudadanos en una misma flota, formada por barcos distintos, pero que naveguen en una misma dirección. Luego, cada una de estas posiciones más genéricas se concreta de una forma o de otra, desde la separación radical a la recentralización, desde la recuperación de una moneda propia y el abandono de la Unión Europea hasta la alteración del modelo lingüístico republicano impulsado, entre otros maestros renovadores, por Marta Mata en los ochenta.

Cuando una sociedad, como ha ocurrido con la catalana, se parte por la mitad, todas las teorías que preconizan la prevalencia de una sobre  otra parten de un prejuicio supremacista. Esto ocurre sólo en los extremos y no afecta a muchos ciudadanos corrientes, afortunadamente, aunque simpaticen más hacia un lado o hacia el otro. El PP y Ciudadanos, en el “equipo rojo” y la coalición CDC-ERC, en el “equipo cuatribarrado”, se hallan concentrados en la descripción de todos los matices del problema y cifran la solución en la derrota del adversario. Unos y otros se guían por el designio del “pueblo” tal y como éste es progresivamente configurado por el poder político al que aspiran por el Estado (español o catalán) que emana de aquél. Ciudadanos incorpora en su propio nombre y en su programa una visión ilustrada, de la que los demás carecen, y que además rechazan, lo que puede concederle un papel interesante en el futuro si se desprende de su prejuicio anticatalán y cambia del lado del problema al de la solución.

Los supremacistas que hoy se enfrentan en la arena catalana son los herederos de los que rechazaron la Constitución de Cádiz porque propugnaba “leyes sabias y benéficas”, leyes nuevas, en definitiva, y abandonaba las “leyes viejas”. Esta nostalgia por las leyes viejas anteriores al liberalismo y a la democracia, anteriores a la substitución del Rey por la Nación, anteriores a la República y a la socialdemocracia, la hallamos desde Cádiz en los apostólicos, los neocatólicos, los carlistas, los regionalistas de la Lliga a las órdenes de Cambó, como acaba de explicar Jordi Amat,  los pujolistas y los aznaristas.

Dejar las cosas como están produciría una gran decepción a la mitad de los catalanes. Declarar la independencia de Cataluña, a la otra mitad. El problema catalán de nuestro siglo XX se ha convertido en el dilema catalán. Al mismo tiempo, éste es también un dilema español, porque yerra quien sostenga que el resto de los españoles no se halla concernido por la cuestión. Basta con coger el AVE en cualquier dirección para darse cuenta. Lo que, en fin, nos deja entrever un dilema europeo.

Los amigos del resto de Europa nos dicen: “no me den a elegir entre ustedes”. Los del resto de España: “nos une un mismo deseo de libertad, seguridad y justicia”. Con los vecinos de la escalera nos hemos peleado por los gastos de comunidad, por la música estruendosa de un adolescente o por el exceso de riego de las macetas de la jubilada del cuarto, pero nos saludamos cada mañana con una sonrisa y un leve gruñido. Y no nos importa nada su pasaporte, su raza, su religión o su orientación sexual. El estado de la convivencia es mucho mejor que la convivencia entre los estados, como advertía aquella cajetilla libertaria de tabaco “H.M. Government can damage your health”.

El supremacismo no es nunca la solución, porque significa, simplemente, darle la vuelta al problema. La solución es muy sencilla y es el abandono de cualquier supremacismo, la capacidad de construir un marco inteligente, abierto y generoso en el que vivir juntos, en un entorno en el que el diálogo excluya los insultos y la descalificación del otro. En donde la gente deje de señalarse para que vuelva a aprender a quererse, es decir, volver a preocuparse de las políticas públicas impulsoras de la calidad de vida que hemos perdido. Le explico a mis alumnos que de la Constitución se derivan tres principios organizadores de la sociedad política: la unidad, la autonomía y la laicidad. Mi propuesta es aprovecharlos al máximo, porque aún pueden dar mucho juego. Educación, respeto, tolerancia, diálogo e inteligencia creativa. Para los que pensamos así ha nacido un nuevo insulto que procede de los unos y de los otros: “centrocampistas”. Que nadie olvide, que los centrocampistas nos encargamos de pasarle el balón a los delanteros.

http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/nos-senaleis-4399516

En defensa del disenso y de la heterodoxia, contra los unanimismos de los unos y de los otros.

 

 

 

La confusió entre el desig d’independència de Catalunya i la cerca de fórmules viables per a consultar als ciutadans sobre la primera proposta ha estat present des de la manifestació del 10 de juliol de 2012. Aquell dia els ciutadans es van mobilitzar contra una sentència del Tribunal Constitucional, però el clam més rellevant va ser el d’independència. A les manifestacions de l’11 de setembre de 2013 i de 2014 la “lletra petita” reclamava la potestat de demanar la independència o de rebutjar-la (l’anomenat “dret a decidir”), però la lletra grossa, els discursos, les pancartes, la propaganda… eren molt més clares i es resumien en la paraula independència. La manifestació del proper 11 de setembre de 2015 és encara més concreta i es convoca per donar suport a una de les candidatures presentades a les eleccions del 27 del mateix mes, la coalició entre CDC i ERC, amb candidats independents procedents del moviment independentista. Fora de la manifestació queden els independentistes no adscrits a aquesta candidatura, com la CUP, els simples partidaris de que la gent es pronuncií sobre el tema i, òbviament, els que no desitgen la secessió.

Tradicionalment, la bona educació ha exigit no tractar certs temes a taula, com la religió o el propi menjar o els secrets de família. La independència n’és un altre exemple, perquè és també un tema de preferències incontrastables. Com deien els clàssics, de gustibus non est disputandum. Convertir una qüestió essencialment opinable en matèria de discussió racional només pot conduir a un enfrontament irracional.

En aquesta línia, no resulta difícil admetre la possibilitat d’un debat profitós sobre els mecanismes de decisió democràtica, sobre la qualitat del Parlament o de les Corts per a representar els interessos dels votants, sobre les fórmules d’organització política i sobre les regles de funcionament d’una hisenda federal construïda des del nivell europeu al local. De tot això en parlem a classe, als seminaris, als diaris i fins i tot a taula… i no genera cap dificultat que no sigui la pròpia del tema en qüestió.

Però quan la conversa gira al voltant de la virginitat d’un personatge bíblic, sobre l’abstinència de menjar durant un període de l’any, sobre la prohibició dels matrimonis mixtos pròpia dels ultraortodoxes de qualsevol creença o sobre l’autoritat responsable de l’expedició dels passaports… arribem a un punt d’acord impossible i de diàleg trufat de paranys. Cadascú vol quedar-se amb la seva visió i que tothom accepti que ell té la raó i els altres viuen en l’error. Com es pot comprendre, quasi ningú acceptarà que la seva secular adhesió a un principi immutable pugui no ser una Veritat eterna i, per tant, no hi haurà cap diàleg, sinó una successió o una concurrència amb més o menys crits de monòlegs.

La identitat nacional, quan és conflictiva, perquè a la mateixa escala la gent es reclama de països diferents, però al sortir al carrer de país no n’hi ha més que un, genera interminables monòlegs que poden adquirir diversos graus de temeritat, des de la prudència de cercar alguna fórmula de coexistència fins a l’amenaça de l’exterminació del que és diferent. El multi culturalisme americà és un exemple de “viure junts, però separats” i la persecució dels aborígens australians, la prova de que sovint alguns grups humans entenen el seu viure com la negació de que ho facin els altres. Al mig, un munt de situacions més o menys pacífiques o turmentoses. Ser català a Espanya pertany a aquesta darrera categoria intermèdia. Les visions més freqüents de la dificultat de pertànyer a Espanya realitzades per la gent que ha opinat han estat sovint intolerants, en alguns casos condescendents, i molt poques vegades creativament interculturals.

Des de juliol de 2012 ens trobem embarcats en un creuament de retrets mutus sobre el mètode de resoldre un problema complicat i sobre la solució del mateix problema. Freqüentment barregem els dos temes amb les ganes no dissimulades d’escombrar cap a casa. Al final, ningú fa dissabte i els mals endreços i la pols ens envaeixen. Dit d’un altra manera, esmercem tant temps en un sol tema “teològic” que hem abandonat la filosofia i les coses de menjar.

Qui estigui lliure de pecat que tiri la primera pedra… Que ningú pensi que la festa no va amb ell i que només és una víctima dels “altres”. Què fàcil és pensar que la culpa és del gat, com deia la meva germana quan havia perdut un llapis! Però si no teníem gat!

Acceptem, doncs, que el llapis l’hem perdut entre tots i que el futur només es pot construir des de la intersecció del que ens uneix.

Del Ayuntamiento de Valencia, para explicar que el Consistorio no va a ir al Te Deum en la Catedral: “Desde el consistorio han explicado que como el Ayuntamiento es un poder del Estado y el Estado es aconfesional los máximos representantes del Consistorio no pueden participar de forma activa de esta tradición con carácter religioso”.

 

La solución es correcta, pero no el razonamiento: Como La Iglesia Católica es una confesión y de acuerdo con el artículo 16 de la Constitución “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, sus celebracones no deben acoger a los poderes del Estado en cuanto tales y sí pueden hacerlo, por supuesto, con cualquier ciudadano, aunque ocupe un cargo público…

Parece lo mismo, pero no lo es: el Estado no es aconfesional, son las confesiones las que no son estatales.

Llegit al FB fa un moment a la pàgina de l’anunci de la manifestació del proper 11 de setembre. Transcrit tal qual, amb errors d’ortografia, de sintaxi i d’ètica:

Carlos Suñé   ANC, em sortit al carrer dos anys, em fet la cadena, la V, aquet any la meridiana, però la realitat ès que som espanyols, voleu dir que aqui no falle alguna cosa ?, i el 27 S amb la xarnagada que tenim ja ens podem acomiadar de la independència, ès trist però ès la realitat..”

La manifestació ja no és pel dret a decidir, sinó per la llista de la coalició CDC-ERC, com diu un altre contribuent:

Jaume Batlle Saurina Jo NO hi serè!!! En la campanya d’una candidatura, NO!!!!

Las elecciones convocadas para el próximo 27 de sptiembre al Parlamento de Cataluña son, obviamente, unas elecciones como las demás que se han celebrado desde 1980 al amparo del Estatuto de Autonomía y tienen la doble finalidad de escoger a 135 electos -por utilizar la expressión tan simbólica de los franceses- o representantes de los votantes y de crear una u otra mayoría capaz de designar al Presidente de la “Generalitat”. Sin Constitución, sin Estatuto y sin ley electoral, por muy transitoria que sea ésta, no tendrían lugar estos comicios. El marco legal es clave e insoslayable: no hay elecciones libres sin una referencia de estabilidad normativa definidora de su significado, de las reglas de juego y de las instituciones destinatarias. Lo que, desde luego, es diferente en estas elecciones es el elenco de candidaturas y de programas.

Un primer grupo de candidaturas que podríamos llamar no habituales está constituido por la traducción política de la decepción y del pesimismo. De un lado, un cierto fatalismo nacional, que afecta a una parte considerable de la población políticamente activa, según el cual nuestro mayor problema es el encaje de Cataluña en España, encaje que se considera hoy imposible, razón por la cual se propugna la desconexión de Catalunya respecto de España. De otro lado, una parte de la población está justificadamente indignada por el empeoramiento de las condiciones de vida, la exclusión social y el aumento de la desigualdad. Unos y otros están enfadados, pero creo que los segundos con mucha más razón que los primeros, entre otras cosas porque una parte del sufrimiento de los excluidos procede del abandono de la política de gobierno de quienes lo fian todo al color de su bandera. Estas dos candidaturas se denominan con frases alusivas a su excepcionalidad: “Juntos por el Sí” y “Cataluña Sí se Puede”. Tienen una cosa en común: saben mucho mejor lo que no quieren (unos rechazan a España; los otros, al sistema) que lo que quieren (unos no tienen programa porque son una nueva “solidaridad catalana”, los atros tampoco lo tienen, porque todavía han de probar mil cosas con el método del ensayo – error).

Un segundo grupo se moviliza para reaccionar contra el grupo anterior. Unos están horrorizados con la propuesta de independencia de Cataluña (Ciudadanos) y los otros pierden la cabeza cuando ven a los militantes del feísmo estético subvertir el orden establecido (Partido Popular). En Cataluña, mucho más que en el resto de España, estos dos partidos representan también la expresión de un rechazo.

Los dos grupos recién esbozados se alimenten mútuamente a través de su enfrentamiento y obtien su fuerza de la negación del adversario. Tienden a pensar que son la vanguardia de una comunidad en peligro y se concentran en la crítica del otro. A menudo les pesan más las consideraciones estéticas que las propuestas de políticas reales: el color y el número de las banderas, los nombres de las calles, los falsos enfrentamientos… Ninguno de los dos grupos ha entendido realmente que la construcción de una república de ciudadanos no tiene nada que ver con el nombre del Jefe del Estado, sino con la vivencia efectiva de unos valores compartidos, uno de los cuales es el pluralismo (en todas sus dimensiones) como la mejor forma de impulso de una sociedad madura y abierta.

Queda, finalmente, un tercer grupo que podríamos calificar de “moderado”: no habla en negativo, no busca la identificación de un enemigo que batir, acepta las reglas jurídicas rectoras de la convivencia, porque respeta al Derecho como emanación de una conciencia social recta y solidaria, desea que las cosas mejoren, pero sabe que la búsqueda de la perfección no es más que una excusa de desorientados que no saben andar paso a paso. Aquí hallamos a las personas sanamente conservadoras (Unió Democràtica) y a las sensatamente reformistas (Partidon Socialista). No desean romper nada, no necesitan adorar a los falsos ídolos de las quimeras nacionales o sociales, no ven en el otro más que a alguien que pertenece a un “nosotros” y tienen la vocación de servir a la república a través de la educación universal, del cultivo de las virtudes públicas, de la fraternidad que es capaz de superar cualquier barrera artificial y de la cooperación leal entre todos los operadores individuales y colectivos, públicos, privados y del Tercer Sector. El único dogma de este grupo es la cultura de los derechos humanos en el marco de un sistema político representativo y respetuoso de las libertades y de las diferencias.

Reescrito fraternalmente en castellano para Antonio, en La Coruña.

Les eleccions al Parlament de Catalunya del proper 27 de setembre són, òbviament, unes eleccions com les que han tingut lloc a l’empara de l’Estatut d’Autonomia des de 1980 i tenen la doble finalitat de triar 135 electes o representats dels votants i de crear una o altra majoria de la que surti el President de la Generalitat. Sense Constitució, sense Estatut i sense llei electoral, ni que sigui encara transitòria, no es celebrarien aquests comicis. El marc legal es decisiu: no hi ha eleccions lliures sense una referència d’estabilitat normativa que defineixi el seu significat, les regles del joc i les institucions destinatàries. El que, per descomptat, és diferent a aquestes eleccions són les candidatures i els programes.

Un primer grup de candidatures, diguem-ne, no habituals està constituït per la traducció política de la decepció i del pessimisme. D’una banda, un cert fatalisme nacional, que afecta a una part considerable de la població activa políticament, segons el qual el nostre problema més gran és l’encaix de Catalunya a Espanya, encaix que consideren avui impossible, i per això propugnen la desconnexió de Catalunya respecte d’Espanya. D’altra banda, una part de la població està justificadament indignada per l’empitjorament de les condicions de vida, l’exclusió social i l’augment de la desigualtat. Uns i altres estan enfadats, però al meu parer els segons amb molta més raó que els primers, entre altres coses perquè una part del sofriment dels exclosos procedeix de l’abandonament de la política de govern dels que ho fien tot al color de la seva bandera. Aquestes dues candidatures porten uns noms que confirmen la seva excepcionalitat: “Junts pel Sí” i “Catalunya Sí es Pot”. Tenen una cosa en comú: saben molt millor el que no volen (uns rebutgen Espanya, els altres rebutgen el sistema) que el que volen (uns no tenen programa perquè són una nova “solidaritat catalana”, els altres tampoc el tenen, perquè encara han de provar mil coses amb el sistema assaig-error).

Un segon grup es mou per reaccionar contra el grup anterior. Uns estan horroritzat amb la proposta d’independència de Catalunya (Ciutadans) i els altres perden el senderi quan veuen als militants del “lletgisme” estètic subvertir l’ordre establert (Partit Popular). A Catalunya, molt més que a la resta d’Espanya, aquests dos partits representen també l’expressió del rebuig a l’adversari.

Els dos grups anteriors s’alimenten en el seu enfrontament i obtenen la seva força de la negació de l’adversari. Tendeixen a pensar que són l’avantguarda d’una comunitat en perill i es concentren en la crítica de l’altre. Sovint els hi pesen més les consideracions estètiques que les propostes de polítiques reals: el color i el nombre de banderes, els noms dels carrers, els falsos enfrontaments… Cap dels dos grups ha entès realment que la construcció d’una república de ciutadans no té res a veure amb el nom del cap d’Estat sinó amb la vivència efectiva d’uns valors compartits, un dels quals és el pluralisme (des de totes les seves vessants) com la millor forma d’impuls d’una societat madura i oberta.

Queda, finalment, un tercer grup, que podríem anomenar “moderat”: no parla en negatiu, no cerca la identificació d’un enemic a batre, accepta les regles jurídiques rectores de la convivència, perquè respecta el Dret com a emanació d’una consciència social recta i solidària, vol que les coses millorin, però sap que la cerca de la perfecció és una excusa dels desorientats que no saben caminar pas a pas. Aquí trobem a les persones sanament conservadores (Unió Democràtica) i a les sensatament reformistes (el Partit Socialista). No volen trencar res, no necessiten servir els falsos ídols de les quimeres nacionals o socials, no veuen en l’altre a un enemic i tenen la vocació de servir a la república a través de l’educació universal, del conreu de les virtuts públiques, de la fraternitat que supera qualsevol barrera artificial i de la cooperació lleial de tots els operadors individuals i col·lectius, públics, privats i del Tercer Sector. L’únic dogma d’aquest grup és la cultura dels drets humans en el marc d’un sistema polític representatiu i respectuós de les llibertats i de les diferències.

EL PAÍS, CATALUÑA, página 4: Un millar de personas despiden…

Entre las casi mil personas habían políticos,…

RAD Invitació Acte Dr. Francisco López 23 07 2015

Dr. Francisco López Muñoz: Panacea encadenada – La Farmacología alemana bajo el yugo de la esvástica

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