C.M.C. me escribe sobre la discusión que mantenemos desde hace un par de meses.  Encabeza su carta del 25 de octubre con un a un universitario de espíritu renovador, aunque algo ingenuo, que es una broma privada entre nosotros. Manifiesta el sentimiento de pertenecer a esa otra media España, la de los que en otro tiempo fueron llamados, entre compasiva y despectivamente, los “vencidos”. En realidad, el horror que me producen los ganadores no me deja más espacio que entre los vencidos. Qué extraña sensación, sin embargo, haber perdido sin haber tenido la ocasión de ganar. A mi corresponsal le espanta el marxismo. A mí me preocupa más cómo ganar la libertad. Estos párrafos pertenecen a mi carta de respuesta:

…  Así también es Lutero quien conquista la libertad de pensamiento al enfrentarse con la todopoderrosa Iglesia medieval y quien permitirá a Descartes ser el padre de la moderna filosofía. Juicios de valor aparte, Lutero tiene el mérito de haber cortado las cadenas ideológicas con las que la Iglesia mantenía su poder político. Quien a partir de entonces tome una u otra decisión filosófica (…) lo hará por decisión personal y no por rigurosa imposición escolasticista, y no digamos ya inquisitorial.

(…)

Resumiendo, la rebelión del pueblo, que se convierte en causa del progreso histórico, no configura un determinismo mecanicista, sino que es, en realidad, una lucha por la libertad. Ésta, sin embargo, es inspirada por los intelectuales y llevada a cabo por las minorías. Lo conquistado por ellas pasa a ser patrimonio de toda la sociedad.