Todos los seres humanos bien nacidos se sienten muy cercanos al dolor de sus congéneres que sufren y esta proximidad afectiva, traducida en actuaciones eficaces de apoyo y de solidaridad, se ha denominado históricamente fraternidad. Los lazos que unen a todos los hombres y mujeres del mundo son mucho más estrechos que las barreras que los separan, aunque es forzoso aceptar que las fronteras de todo tipo persisten en alejarnos a los unos de los otros e, incluso, en convertirnos en enemigos. Cuanto esto ocurre, el horizonte de la felicidad se desvanece y la vida se convierte en un infierno constante donde no se sabe si es peor la afirmación egoísta del “nosotros” o la negación brutal del “ellos”, pero donde, en cualquier caso, ocupa el primer lugar del día a día el enfrentamiento y la oposición e, inevitablemente, por desgracia, la violencia.

En estos días, en los que la Universidad de Barcelona sufre en parte algunas consecuencias del conflicto civil vasco, me viene a la memoria la aleccionadora, aunque dura, experiencia vivida una noche de septiembre de 1984 en Tel Aviv. Se celebraba allí el Congreso anual de la Internacional Liberal, como resultado de un compromiso político con los afiliados israelíes de realizar la reunión en Tel Aviv y no en Jerusalén, muestra de respeto al Derecho internacional y, sobre todo, de consideración hacia el pueblo palestino, huérfano entonces y ahora de un Estado. Nuestros anfitriones cumplieron lo prometido sólo a medias y organizaron una recepción con el Jefe del Estado en Jerusalén. Los delegados más jóvenes rehusamos la invitación, cortésmente, pero anunciamos que sí participaríamos en el homenaje a las víctimas del holocausto. Los organizadores, sin embargo, nos pidieron que bajo esas condiciones no viajáramos a Jerusalén y así lo hicimos. Aquella noche, al entrar a la cena ofrecida por el Ayuntamiento de Tel Aviv con el profesor Trias Fargas, el Alcalde me dijo: ah, ¿es Vd. una de esas personas  que sólo ama a las judíos muertos? Me quedé lívido hasta que uno de los comentarios cáusticos de Trias me sacó del estupor.

Cuando se produce un conflicto profundo, que va a las raíces de la naturaleza humana, más si se traduce en muchos muertos del entorno familiar o ciudadano, la postura de quien desea contribuir como sea, poco o mucho, a salir del atolladero es siempre malinterpretada por quienes se hallan angustiosamente inmersos en el dolor y en el odio. Esto es lo que me pasó a mí aquella noche cálida en Tel Aviv, y eso es lo que nos está sucediendo estos días en la Universidad de Barcelona: tenemos el empeño firme de tratar de ser parte de la solución y nos resistimos a ser incluidos entre los causantes del problema. Rechazamos que la Academia se convierta en un lugar de enfrentamiento fraticida, en otro escenario para la guerra. Nuestra vocación es la defensa del pensamiento libre ejercido con las reglas propias de la laicidad: cualquier idea  puede ser expresada si es capaz de hacerlo con dos elementos mínimos de civilización, la autocrítica de las posiciones propias y el respeto de las ajenas, todo lo cual es perfectamente compatible con la exposición libérrima de lo que se piensa y con el rechazo radical de lo que arguye el adversario.

La libertad académica está hecha del equilibrio entre los derechos y los deberes y, por tanto, ante la división del pueblo vasco y ante la escalada de la violencia, las aulas de la Universidad sólo pueden cumplir un papel favorecedor de la distensión. La distensión, es verdad, no es suficiente, pero sí es absolutamente necesaria. No se va a encontrar, es tan difícil, la clave, pero no se va a ayudar, desde luego, a engrandecer el problema. Lo digo desde mi posición irrenunciable al lado de los inocentes que han muerto y de los profesores amenazados y perseguidos por sus ideas, y en contra de los asesinos de ETA. Ya hay mil sitios en los que repetir los argumentos conocidos. La Universidad sólo cumplirá su misión si no es un foro más, si constituye, verdaderamente, un templo de la ciencia y de la tolerancia. Cuando el rector Tugores ha impuesto, provisionalmente, el silencio, lo ha hecho para que reinen otra vez la ciencia y la tolerancia, en la estela de otro catedrático de la UB, Odón de Buen, quien así se manifestaba en la lección inaugural del curso 1909-10. No le fue fácil mantener la serenidad al profesor de Buen, como no lo es ahora para tanta gente de paz que sufre: unos días antes habían fusilado en Montjuic a su amigo Francesc Ferrer Guàrdia.