Escrito estas líneas poco antes de votar por correo en las elecciones para diputados del Parlament de Catalunya, dado que el domingo en cuestión estaré en Santiago de Chile, tratando de convencer a mis interlocutores de que me muestren el Palacio de la Moneda y la puerta por la que entraba y salía Salvador Allende, borrada de la memoria pública por la dictadura y por la amnesia [dos enfermedades que también han dejado su huella por estos lares]. En las decisivas elecciones legislativas de 1982 estaba en Managua, entre la buena voluntad de Daniel Ortega por sacar a la gente de la miseria y del analfabetismo [a pesar de lo que hizo y de lo que se ha escrito de él y de que, según parece, ha enloquecido, guardo de aquellos días un recuerdo afectuoso y revolucionario] y el esperpento de un embajador de España proclive a dejarse embriagar por el trópico [para decirlo de la forma más suave posible]. Ahora, como entonces, como ocurre pocas veces, de otro lado, estas elecciones marcarán un antes y un después, gane quien gane, y tendré que conocer el resultado –un resultado al que habré contribuido con mi voto por correo- desde ultramar. No en la Embajada de España, por cierto, sino en el influyente Casal Català de Santiago que me ha ofrecido su más cálida hospitalidad aunque yo sea uno de esos compatriotas que se empeña en recordar las bellas palabras del último mensaje de Allende y sueñe con que un día, más pronto que tarde, se abran, para la humanidad entera, las grandes alamedas… 

Siete legislaturas constituyen un hito en la historia del autogobierno, aunque todo lo que hayan dado de sí quede comprendido bajo el paraguas de un solo presidente, para bien o para mal, seguramente para las dos cosas. Personalmente, contemplo con escepticismo la utilización abusiva del nombre de Catalunya en todos los programas y en los lemas electorales, porque me preocupa más que el país, el paisanaje. Mi candidato a presidente no se ha presentado a las elecciones, qué mala suerte, pero su “programa”, sus ideas, su padrinazgo de las propuestas del Moviment Laic i Progresista elaboradas como “laboratorio de ideas” por la Fundación Ferrer Guardia-, conducen a una línea de pensamiento critico con el poder y exigente con las demandas de bienestar de los ciudadanos: me refiero a la persona y a las obras del profesor Vicenç Navarro, cuya cátedra de la Universitat Pompeu Fabra es un faro de luz en la noche. 

Tras las elecciones del 16 de noviembre, seguramente, casi todos los ciudadanos podremos compartir la satisfacción porque se hayan celebrado y hasta una moderada complacencia por el resultado, porque aunque no hayan ganado “los nuestros” –los de cada uno-, afortunadamente “los otros” son también en esta tierra, a diferencia de lo que ocurre en otras, “un poco nuestros”. E, incluso “los nuestros”, en tantas cosas, se empeñan en demasía en parecer “los otros”. Las propuestas de Vicenç Navarro y las de cuantos “laboratorios de ideas” se muevan en la dirección de mejorar la calidad de la vida de la gente tendrán así una oportunidad, mayor o menor, pero al fin y a la postre una oportunidad, para llegar a buen puerto.
Una versión de este texto se publica en Management & Empresa, número 34, octubre de 2003.