Santiago de Chile. Aunque la cena oficial con el juez Guzmán está fijada para mañana, nos llama para un encuentro informal en su casa alrededor de las ocho de la tarde de este domingo poco primaveral. Vive el juez en una casa unifamiliar de Providencia, a pocos minutos de mi hotel. En la esquina, en un coche de la policía que le protege, sus integrantes se entretienen viendo la televisión. Sale el propio juez a abrirnos la cancela y en pocos minutos nos hallamos en el sofá de su salón enfrascados en una conversación espontánea y libre, sorprendentemente transparente, sobre la vida del juez durante los últimos cinco años, en los que ha instruido y todavía instruye cuatro grandes causas por crímenes cometidos durante la dictadura militar, en una de las cuales, llamada caravana de la muerte, figura como imputado el mismísimo general Augusto Pinochet.