Todo estaba, aparentemente, preparado para que la cena de hoy hubiera sido en el Casal Català de Santiago, pero una intuición me ha hecho acercarme hasta su sede, acompañado de José Daniel Barquero. ¡El edificio está abandonado, aunque entre los restos de su actividad hallamos en una vitrina entreabierta un pendón de Santa Eulalia! Se nos ocurre llevárnoslo para restituírselo a una madre patria tan poco cuidadosa, pero descartamos, prudentemente, la idea. Le pido auxilio, una vez más, a Rosa María Valverde y la correspondencia entre el Círculo Ecuestre y el Club de la Unión hace el resto. Reconvocamos la cena para las 21:00 horas en el salón Los Españoles, de la sede histórica del Club de la Unión.

Largo aperitivo en la balconada del primer piso del venerable edificio casi desierto durante las noches. El juez Guzmán llega acompañado de su madre, Raquel, y de una de sus hijas. En un aparte imprevisto, me cuenta el juez sobre amigos y enemigos, sobre las tres grandes tendencias de la política chilena, sobre los gritos maleducados que piden silencio y sobre los silencios sufrientes que merecerían el consuelo de alzar la voz. En el salón, flores para las damas que he encargado en una tienda cercana propiedad de una española, feliz de cobrarme en euros, algo poco habitual todavía por estas tierras. Leemos, por turnos, poemas de Juan Guzmán Gurruchaga y nos emocionamos de la poesía, de la situación, del momento. Y, con una cierta solemnidad, le entrego al juez como homenaje de mi Universidad  la placa “Manuel Mallén”, que conmemora la vida de un profesor de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles condenado durante muchísimos años al silencio terrible de una dictadura antiilustrada.