A las 17:00 horas, en el Hotel Calderón, se reunen los afiliados catalanes de la Asociación Española de Fundaciones, bajo la presidencia de Ignacio Camuñas. Asisto en nombre de la Fundación Ferrer, me interesa el tema, pero, sobre todo, tengo ganas de reencontrar after all these years al amigo Ignacio Camuñas. La reunión transcurre por senderos no previstos por los organizadores y, para su sorpresa, muy pocas personas en la sala parecen preocupadas por el nuevo Estatuto de Cataluña con relación a las fundaciones. A la mayoría de intervinientes lo que nos gustaría es que el legislador, el de las Cortes Generales o el del Parlament, fuera lo menos intervencionista posible con el sector fundacional, pero ésta es una cuestión de legislación ordinaria y no materia de ley orgánica. Escarmentados con la dura realidad, ya no pedimos a los gobiernos que nos ayuden, sino que se ocupen lo menos posible de nosotros. A lo sumo, convendría rectificar en el Estatuto la prevista sujeción al Derecho catalán de todas las fundaciones domiciliadas en Cataluña para permitir la continuidad del punto de conexón actual, que es el ámbito principal de actividades. Ignacio se marcha inquieto y hasta enojado. A solas, le pido que, como liberal, trate de situarse en un punto intermedio entre el Partido Popular y los defensores del Estatuto y me responde que Ramón  [Trias Fargas] no habría permitido esto. Me quedo un rato de cháchara con Lluís Peñuelas, compañero de la cosa financiera y tributaria en la UPF y secretario general de la Fundación Gala-Dalí.