Me llama mi madre desde Comarruga para comunicarme el fallecimiento en Zaragoza de Emilio Nerín a los 93 años de edad. Le organizo el traslado en AVE para asistir mañana a las exequias y lamento el cúmulo de cosas que me impiden acompañarla. El hijo mayor, José Arturo, estuvo en el entierro de mi padre. Los Nerín han estado siempre en mi vida, en la vida de  mi familia, como pioneros unos y otros del veraneo comarruguense en el que en la playa, en el casino y por las calles se conocía todo el mundo. Mis padres y ellos cultivaron a lo largo del tiempo, en la sucesión de los estíos, una amistad íntima plagada de rituales como las visitas de saludo y de despedida de las vacaciones o la presencia en las cenas de San Magín de los años sesenta, en cuyas crónicas para los ecos de sociedad de La Vanguardia aparecían siempre en un lugar destacado. La amistad se ha mantenido a lo largo de las generaciones, de tal manera que en los juegos infantiles de aquella parte de la vieja urbanización Brisamar -el legado de los hermanos Trillas- resuenan hoy los mismos apellidos que cincuenta años atrás. En el cuadro de honor de los Escolapios de Sarrià de los primeros cuarenta aparecían juntos los nombres de un primo hermano de Emilio, Joaquín, y de mi padre. La familia Nerín había tenido importantes intereses en Guinea, perdidos en la descolonización, y en mis recuerdos infantiles de aquella familia numerosa aparece siempre la tata oronda que cuidaba de todos ellos y de sus amigos. Y aquellas palabras desusadas para nosotros como malecón o estozolar, o el giro echar una película, que incorporamos a nuestro propio vocabulario, así como la característica entonación aragonesa, que tiende a alargar las palabras, y que resulta tan contagiosa. Emilio Nerín mantuvo siempre un sentido del humor elegante tras una sempiterna semisonrisa, acompañado de Margarita, durante una vida larga y fructífera.