Repaso mentalmente las palabras del bien construido discurso de Juan José López Burniol durante el acto en ESADE del jueves pasado, del que ya he resaltado su defensa de la independencia de las profesiones jurídicas. Al referirse al protocolo notarial recordó que su padre lo consideraba sagrado, pero que él ahora omitiría este adjetivo, dada la laicidad del Estado. Doy por descontado el animus jocandi, pero no puedo dejar de recordar que cuando firmamos en la notaría de López Burniol el acta de constitución del Movimiento Laico y Progresista recibimos un trato exquisito y generoso, aunque al leer la declaración de principios no dejó de señalar con un deje irónico: “todas estas ideas les gustarían mucho a quienes mandan ahora en Madrid”. Este distanciamiento de la laicidad, que se intuye sólo entre líneas, y entre las líneas de alguien con buen sentido del humor, creo que parte, precisamente, de la pretendida incompatibilidad entre este concepto de la ciencia política y lo sagrado. No creo, sin embargo, que esta incompatibilidad exista. Como he escrito en más de una ocasión, la laicidad es, en realidad, la atmósfera más proclive a la comprensión de lo sagrado, porque al alejar a las jerarquías eclesiásticas del poder civil, devuelve al espíritu su plena capacidad de indagación sobre lo sagrado.