El presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha reivindicado en su plegaria de Washington el derecho de cada persona, en cualquier lugar del mundo, a su autonomía moral y a su propia búsqueda del bien. Y también, la libertad de todos para vivir su propia vida, para vivir con la persona amada y para crear y cuidar su entorno familiar, mereciendo respeto por ello. Al propugnar la tolerancia, el presidente ha optado por situarse al lado de una tradición liberal que nace con Locke y que va más allá de la mera aceptación del otro, para hacer posible descubrir, conocer y reconocer al otro. En este sentido, ha señalado que el desconocimiento del otro está en la raíz de los conflictos que amenazan a la Humanidad y ponen en peligro nuestro futuro. El odio nace de la ignorancia y la concordia se construye sobre el conocimiento. También la paz.

No era fácil construir la oración de un librepensador en breves minutos. Jugaban en casa y disponían de más tiempo el presidente Obama y la Secretaria de Estado Clinton, a quienes hay que reconocer que han sido más valientes y más directos. Han expuesto una religión que no espera más milagros que las conquistas de una humanidad capaz de descubrir su unidad por encima de sus diferencias. Han defendido los valores humanos, incluyendo la libertad y la equidignidad de la mujer y la de homosexuales y lesbianas, con rotundidad. Han situado a creyentes y no creyentes en el mismo plano de la ciudadanía. Y han hablado de una fe que es, sobre todo,  fe en el ser humano.

Ha sido un momento impensable hace pocos años: el presidente y la secretaria de Estado norteamericanos y el primer ministro español reclamando juntos la validez para todo el mundo del esquema de valores al que aspiraron las revoluciones inglesa, americana y francesa. Hubiera podido ser mejor, sin duda. Hubiéramos podido pedirle más al primer mandatario español librepensador desde la guerra civil. Pero me quedo con el mensaje central de su plegaria: la defensa universal de la libertad absoluta de conciencia.