La tierra simboliza, en primer lugar, la existencia de los límites de la vida humana entre el nacimiento y la muerte. En palabras de Tácito, deesse nobis terra in vitam, in qua moriamur non potest [Anales, 13, 56, 3]. Es también, para mí, el reencuentro con las raíces, en aquella finca de la Segarra que más de un siglo después, hasta hace muy poco, estaba inscrita a nombre de María Miret, quien la había recibido de su padre en 1889 al contraer matrimonio, y el privilegio de dedicarme a la siempre inacabada e inacabable tarea de construir una pequeña república ampurdanesa…

La tierra es lo tangible, lo cotidiano, la subsistencia, el progreso individual y colectivo… Tocar de peus a terra… decimos. La tierra es volver mañana a la ciudad.