Me interroga un amigo sobre cuáles creo que son mis talentos. Los talentos… una pregunta, ciertamente, de origen cristiano… si recordamos el Evangelio de Mateo, XXV, 14 y ss:

Sicut enim homo peregre proficiscens, vocavit servos suos, et tradidit illis bona sua:

Et unit dedid quinque talenta, alii autem duo, alii vero unum, unicuique secundum propriam virtutem, et profectus est statim…

La distinta suerte de los siervos, según el rendimiento obtenido por los talentos recibidos, se enfatiza en el castigo al que no ha hecho nada:

Et inutilem servum ejicite in tenebras exteriores: illic erit fletus, et stridor dentium.

El llanto y el crujir de dientes, una imagen truculenta propia del Dios vengador y terrible del Libro, y un ejemplo más de la espiritualidad castrada y castrante de los monoteísmos dogmáticos inspirados en él.

Y me pierdo en elucubraciones diversas, sin acabar, ni empezar, la construcción de mi respuesta.