Minerva o Palas Atenea, diosa de la sabiduría, pertenece al elenco de las deidades femeninas y, por tanto, en mi opinión, evoca a los pueblos y a las gentes que han sabido buscar la felicidad durante su vida, despreocupándose de las obsesiones de ultratumba de las religiones monoteístas, ferozmente masculinas. Minerva es, también, una de las figuras más representadas en los edificios de mi ciudad, junto a Mercurio o Hermes, el mediador; lo que viene a confirmar que Barcelona es un espacio abierto y tolerante.

Cuenta la mitología que Atenea  y Neptuno se enfrentaron para ver cuál de los dos daba nombre a la ciudad de Atenas y que los dioses convinieron entre ellos en declarar vencedor a quien produjera una cosa más útil para la urbe. Neptuno hizo nacer un caballo y Atenea un olivo, lo que le aseguró el privilegio deseado. El olivo –además de ser uno de los referentes de la unidad del Mediterráneo- es el símbolo ordinario de la paz y por ello algunos viejos olivos en el Mas Lilou quieren simbolizar mi compromiso con la construcción de una república universal de ciudadanos libres.

Una de las características de Minerva más valorada por los antiguos se refiere a la irrevocabilidad de lo que autorizaba y al cumplimiento infalible de lo que prometía. Este atributo de Minerva no sólo pone de manifiesto su credibilidad, que ya sería importante si lo comparamos con el carácter veleidoso, arbitrario y cruel del Dios del Libro, sino que además demuestra su lealtad consigo misma y con aquéllos con los que se compromete.