Un reciente comentario en este cuaderno  sobre la descripción literaria de Dios en el Libro ha generado algunas reacciones verbales de tristeza o de rechazo. Quisiera aclarar que cualquiera de mis opiniones sobre esta materia se refiere a lo que han escrito los hombres. El dios que cada uno albergue en su corazón, el de Pascal, por ejemplo, sólo merece mi respeto. Mi crítica de las religiones deja siempre a salvo las creencias individuales que no pretendan imponerse a las otras.

Como librepensador, he escrito en alguna ocasión, creo que las promesas de salvación inmortal o las amenazas de condena eterna son elementos profundamente distorsionadores de la libertad de conciencia. En primer lugar, porque alejan –enajenan, incluso- a hombres y mujeres de la realidad del día a día y de sus preocupaciones, de sus grandezas y miserias, de sus alegrías y tristezas para envolverlos en sueños o pesadillas de ultratumba. La vida merece experimentarse en su plenitud, porque es nuestro bien más preciado que no resulta lógico malgastar. En segundo lugar, la alienación religiosa es una exclusa para soportar la situación actual, sea la que sea, aun la más amarga, sin ímpetu ni ilusión por la reforma o la rectificación de las injusticias. El librepensador se enfrenta a las cosas como son, sin paliativos, y esto constituye para él un estímulo para el progreso y una razón para el compromiso social.

Me gustaría que mis lectores entendieran que mi crítica se dirige a las religiones dogmáticas, como he cuidado de remarcar, y no a las manifestaciones de religión liberal. El concepto de religión liberal es prácticamente desconocido en España, a pesar de que contamos con una rica tradición propia representada por el krausismo, que ha estado, además, notablemente presente en los talleres masónicos hasta la guerra civil de 1936-39.

Es muy difícil que el catolicismo se aproxime a los valores de la religión liberal, precisamente por el carácter central que en él ocupa la heteronomía moral, la obediencia al director espiritual, al superior o al confesor. Es innegable que el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón (1907-1994) fue un personaje clave durante nuestra transición política, con un planteamiento de estricta separación entre la Iglesia y el Estado, heredado de John Henry Newman (1801-1890) y valientemente expresado en momentos clave como en el discurso de la coronación de Juan Carlos I el 27 de noviembre de 1975 (la Iglesia no patrocina ninguna forma de ideología política) o en el de aceptación del grado de doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia unos meses antes de morir, sobre la posibilidad de una ética civil. Nótese que en ambas cuestiones Tarancón expresó un parecer directamente opuesto al de Rouco Varela en la actualidad. Pero contrariamente a Newman que antes de ordenarse como clérigo anglicano y de su posterior conversión al catolicismo fue profesor en Oxford y se aproximó al liberalismo teológico de la Broad Church, Tarancón no cuestionó jamás la ortodoxia, no experimentó o no dejó entrever las crisis asociadas a la búsqueda individual de la trascendencia.

No puede, sin embargo, sostenerse la imposibilidad absoluta de que los católicos, individualmente o en grupo, progresen hacia la religión liberal. No es fácil, como he dicho, entre otras cosas por la afición al anatema de la estructura eclesiástica. Roma locuta, causa finita. Me explica mi amigo Emili Echeverría que hay en Cataluña, por ejemplo,  grupos católicos que no escatiman esfuerzos para construir nuevos espacios espirituales en los que sea posible decir que mientras tengamos vida, tenemos la oportunidad de cambiar nuestros hábitos, de procurarnos una existencia de calidad, de aprovechar y de gozar de cada aliento y de cada latido de nuestro corazón, grupos que han abandonado los dogmas tristes de ultratumba, para compartir la alegría en la inspiración de las obras de otras personas, no importa su credo, como Pablo Neruda o Mahatma Gandhi. Es la gente que no sintonizaba la COPE arrastrada por los índices de audiencia de ciertos personajes dedicados a convertir el extremismo en un negocio, que, aun respetándole, no aplaude al Papa histéricamente en los estadios, y que lee cada semana las homilías de Lluís Vila, OFM, quizás el exponente de cristianismo liberal más lúcido de nuestro país en este momento.