El programa televisivo del miércoles no podía, por su propio formato, contribuir en absoluto a un diálogo sereno sobre la cuestión de los abusos sexuales de una parte del clero católico-romano sobre los menores a su cargo, aunque sí resultó ilustrativo de la sensibilidad popular y, sobre todo, de las respuestas que los fieles están construyendo sobre una cuestión que pone en jaque su confianza en la Iglesia. No deseo dedicarle mucho tiempo a comentar esta cuestión, porque los librepensadores enseguida somos tachados de anticlericales, y porque la solución llegará de la ciudadanía católica, cada vez más comprometida con la democracia y más alejada de una jerarquía reticente con cualquier intromisión de los poderes públicos en la vida interna de la Iglesia, aun en temas que son materia del Derecho penal.

Pero sí quiero definir algunos trazos de mi pensamiento:

1.- El argumento principal esgrimido por muchos católicos para relativizar el problema -desde posiciones bienintencionadas de jóvenes militantes de organizaciones cristianas hasta el fundamentalismo que caracteriza a Josep Miró- es que los abusos sexuales también se dan fuera de la Iglesia. Uno de los participantes en el programa de TV3 llegó a invocar la paidofilia como una práctica habitual en Grecia y Roma. Un portavoz vaticano propuso no hace mucho tiempo distinguir entre paidofilia y efebofilia, para apuntar que la conducta de los clérigos imputados suele corresponder a este último concepto y no al primero. Todo esto son excusas de mal pagador.

2.- Nuestro Código penal vigente sirve de guía clara para la comprensión del fenómeno de los abusos sexuales de un clérigo sobre un feligrés que está de alguna forma a su cargo, como profesor, superior, confesor, director o consejero: las agresiones sexuales, los abusos sexuales, el acoso sexual merecen una pena reforzada cuando  “la víctima sea especialmente vulnerable, por razón de su edad, enfermedad o situación, y, en todo caso, cuando sea menor de trece años” (art. 180.1.3ª), “el consentimiento se obtenga prevaliéndose el responsable de una situación de superioridad manifiesta que coarte la libertad de la víctima” (art. 181.3), “… prevaliéndose de una situación de superioridad laboral, docente o jerárquica, o con el anuncio expreso o tácito de causar a la víctima un mal relacionado con las legítimas expectativas … en el ámbito de la indicada relación” (art. 184.2). El prevalerse de la autoridad para obtener un resultado de carácter sexual es la circunstancia que origina un rechazo más intenso de la conducta por la conciencia social. Este era el significado de la antigua figura del estupro.

3.- El catolicismo romano genera relaciones de especial sujeción en muy diferentes escenarios: los conventos, los seminarios, ciertos colegios, determinadas parroquias, los confesionarios, las congregaciones o entidades análogas llamadas de vida consagrada, en algunos de los cuáles, sobre todo antes del Concilio Vaticano II, se produce una sumisión total a la autoridad. El fiel se halla en estos casos inmerso en una institución global de la que no obtiene tregua ni descanso, porque la obediencia se lleva hasta el extremo de la anulación de la libertad de conciencia y de la autonomía de la voluntad. Los recientes descubrimientos sobre las prácticas de los Legionarios de Cristo, más allá de los crímenes de Maciel, ponen de manifiesto que perviven todavía algunos viejos comportamientos clericales como la censura de la correspondencia y de las lecturas, la incomunicación, la separación de la familia, la represión de los afectos,  los castigos corporales auto infligidos y la completa anulación de la propia identidad. En esta atmósfera, los abusos sexuales son uno de los corolarios posibles de la deshumanización provocada en nombre de una concepción totalitaria de la religión.

4.- Los abusos sexuales entre un clérigo y su pupilo no son, por tanto, unas conductas comparables a las que pueden darse fuera de la institución global en la que la víctima se halla prisionera física o moralmente. Los escenarios de represión que he descrito, los que existieron masivamente en el pasado y los que no han sido todavía erradicados, son lugares proclives a las conductas criminales analizadas. En mi opinión, no es el celibato el problema, sino el poder exorbitante de los superiores que se produce en las instituciones globales. En TV3, Ignacio Salvat, S.I., estuvo expresamente de acuerdo conmigo en este punto, al identificar los abusos sexuales como un problema de poder. Por tanto, no sólo los abusos cometidos al socaire de una autoridad religiosa son más graves que los otros abusos, sino que la Iglesia misma no está exenta de responsabilidad por culpa in vigilando y por haber alumbrado en su seno modelos de vinculación con los fieles basados en el vasallaje de las conciencias.

5.- El catolicismo romano en los países que considera propios, en los reinos de la Contrarreforma, para entendernos, sólo acepta la república -es decir, la independencia del poder civil y la fuerza vivificadora de la democracia- a regañadientes. En el resto del mundo, es más abierta. Pero en todas partes, en aquéllas más que en éstas, quiere reservarse una inmunidad de jurisdicción. Esta es una de las razones, en otro orden de cosas,  por las que ha combatido la regulación civil del matrimonio. Hasta ahora ha tratado de evitar que los crímenes perpetrados tras sus muros fueran juzgados por los tribunales ordinarios y ha practicado, por tanto,  el encubrimiento como doctrina. Esto explica el terrible silencio que ha protegido a los clérigos pederastas. La república, en consecuencia, no puede seguir admitiendo exenciones al ordenamiento jurídico general y ha de observar vigilantemente cuanto sucede en los ámbitos susceptibles de restringir el ejercicio de la libertad.