No le conocí ni tuvimos contacto epistolar, pero es como si hubiéramos compartido largas veladas en la biblioteca del Mas Lilou, sentado él en uno de los sillones y escuchándole en completo silencio hablar durante horas y horas del presidente Manuel Azaña. Leo su necrológica en EL PAÍS, pues acaba de fallecer el domingo pasado en Cuernavaca a los 88 años de edad. En los inicios de la transición, un viejo republicano me hablaba a menudo de l’asanya y he de confesar que tardé unos días en descubrir que se trataba del presidente Azaña… En 1986  leí de un tirón la segunda edición, la de 1982, que había substituido a la censurada de 1972, en la que al parecer molestaban al ministro del ramo expresiones como espadón o ciertas alusiones al Ejército o a la Iglesia, de La vocación de Manuel Azaña (Alianza). De la mano de Marichal descubrí la grandeza de Azaña como un burgués intelectual liberal, comprometido al servicio de la República y, por tanto, de la construcción de la convivencia sobre el afán de alcanzar la Justicia a través del Derecho. El humanismo de quien en 1917 había dicho en el Ateneo de Madrid: el pueblo español tiene derecho a volver la vista atrás para algo que no sea empapar su corazón en hiel, o de quien en 1930 definía la política como confianza en el esfuerzo, optimismo, [pues] no hay política de hombres desengañados, de hombres tristes…

Marichal ha sido, sin saberlo, mi tutor en el republicanismo concebido como un ideal político, mi profesor sobre la vida y, sobre todo, la obra de Azaña y una prueba más de cómo mi generación, cuando quiso salir de la miseria intelectual y de la mediocridad cultural de la España nacional católica, sólo halló la ayuda de los transterrados. Afortunadamente. Gracias, profesor Marichal.