Murió anoche, cerca de los noventa, un sacerdote que fue mi profesor de Religión en tercero de bachillerato, que en el sistema entonces vigente correspondía, mayoritariamente, a los trece años de edad. Fue, por tanto, en el curso académico 1969-1970. Religión en la España de Franco no había más que una, como es notorio,  dado que la tardía Ley de 1967 de libertad religiosa fue un apaño, aunque concediera a los llamados cultos disidentes un cierto respiro, y el manual escrito por mi profesor, que conservo en la biblioteca del Mas Lilou, lleva el mismo título que todos los demás manuales publicados aquel año para tercero: En el camino de Jesucristo. El cuestionario oficial había sido aprobado mediante la Orden Ministerial de 4 de septiembre de 1967, un instrumento jurídico civil plagado de citas de la declaración conciliar sobre la educación cristiana. El ministro del ramo era Manuel Lora-Tamayo. El objeto de la asignatura, según la mencionada Orden de Lora-Tamayo era ir educando para una vida inspirada totalmente por el espíritu evangélico, subrayar el carácter vital de la enseñanza religiosa y alentar a una acción apostólica, con un lenguaje religioso encarnado (sic), para tener la garantía de que se asegurará ante todo, la transmisión vital del Mensaje básico de la Buena Nueva de Salvación.

En el marco meramente formal del cuestionario oficial, el profesor incluía otros mensajes,  que ya no serían básicos, sino “de texto articulado”, por decirlo de alguna manera, cuyos destinatarios éramos niños de trece años a los que insistía con reiteración “estudiad los recuerdas” (las frases-resumen de cada lección, cuyo contenido, probablemente hubiera escandalizado al propio y poco sospechoso Lora-Tamayo), del siguiente tenor: comprendan la excelencia mayor de la virginidad consagrada a Cristo, de suerte que con la donación total de cuerpo y alma se entreguen al Señor (pág. 211), pero la família de sangre no puede ser obstáculo para el cumplimiento fiel de la misión santa señalada por Dios (pág. 81), sin mortificación no hay humildad, y sin humildad, ¡qué difícil es amar! (pág. 120) y ¡cuántas cuestiones de fe son problemas de confesionario! (pág. 152).

En suma, el cuestionario era tremendo, pero el desarrollo era desgarrador. Generaciones enteras de ciudadanos educados bajo el franquismo, un régimen de simbiosis total entre el Estado dictatorial y la Religión oficial de ese Estado, fueron educadas por imperativo legal, no por decisión expresa de sus padres, no se olvide este dato esencial, en una forma de entender la religión -la religión única, además- absolutamente superada desde Lutero, apóstol del libre examen, y perfectamente extraña para la mayor parte de los creyentes en la actualidad.