Después de veinticuatro horas muy intensas de trabajo asociativo federal, vividas en Madrid, retorno al Mediterráneo con el convencimiento reforzado de que es preciso estrechar cuantos vínculos sean posibles entre los ciudadanos de la Unión Europea, lo que incluye España y el conjunto de la península, si no queremos ver reanimarse los sentimientos de odio-al-vecino, tan fáciles de inflamar sobre la pura y simple ignorancia-sobre-el-vecino-mal-mezclada-con-cuatro-tonterías.

En una de las conversaciones madrileñas, me preguntaba un amigo sobre cuáles son mis herramientas preferidas de entre las que la francmasonería ofrece para cada momento del ser y del actuar de quien se interesa sobre el Arte. No se me había ocurrido nunca, pero, al escoger, me he decantado por la plomada y por el nivel, es decir, por la verticalidad y por la horizontalidad, las dimensiones activa y pasiva del ser humano, la que corresponde al movimiento y a la acción y la que representa la quietud y el descanso. En la francmasonería se enseña que el nivel simboliza la igualdad social, base del Derecho, y el acceso al conocimiento, mediante la libertad de investigación y no mediante la esclavitud impuesta por los administradores de mitos y leyendas desvirtuadores de la realidad terrena; que la plomada significa la rectitud en el juicio y la profundidad del conocimiento, al marcar el camino recto y desaconsejar los atajos oblicuos.