Me llamó el miércoles, 13, por la mañana,  Emili Echevarría para confirmarme que Fernando Gómez había muerto una hora antes en Bilbao. El día anterior había cumplido 76 años y el propio Emili me había pronosticado el desenlace. Había hablado con Fernando a principios de marzo, cuando insistía en volar a Barcelona el día 9 para el funeral del tercer aniversario del fallecimiento de mi padre. Y en diciembre, cuando se ocupaba de elaborar una separata de su estudio sobre Derecho concursal para la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, la misma separata que recibí con una tarjeta suya el día antes de su muerte, con la frase de siempre: “para los profesores del Departamento”. Fernando era un ejemplo de vida-en-acción permanente, podía estar el lunes en Marbella, el martes, en Barcelona, el miércoles, en Madrid y el jueves, en Bilbao, habiendo tenido una inexplicable reunión  alguno de esos días en Palma de Mallorca. Por eso Átropos tenía muy difícil hallarle y él, quizás, debía saberlo y seguía  viviendo con la pasión de siempre.

Dos estanterías no son suficientes para custodiar las obras científicas de Fernando sobre Derecho concursal. Compañero de sus compañeros, la vicepresidencia del Instituto de Censores Jurados de Cuentas de España fue el más relevante de sus servicios a la ciudadanía, pero sólo uno entre ellos, comprometido como se mostró siempre con el progreso del país. Bonus vir, por encima de todo, la siembra de amor que realizó se ha hecho patente hoy en el funeral celebrado en San José, tan cerca de su despacho. El aforo ha resultado insuficiente y he podido saludar, junto a mi madre,  a amigos de Vizcaya, de Álava, de Madrid, de Andalucía y, por supuesto, de la Cataluña que él visitaba con asiduidad, entre otras cosas para participar en nuestro seminario de los sábados y en las jornadas de la Fundación Pont y Lancuentra.

(Hasta el celebrante, de una escuela casi extinguida de curas que se alegran de la muerte porque es el tránsito hacia una vida de ultratumba descrita como mejor que la terrena, ha tenido que reconocer la tristeza ante la pérdida de Fernando)

(Yo sólo he sentido el dolor por la ausencia del amigo y el compromiso de contribuir, desde la Academia, desde la Fundación, desde la Universidad, desde donde pueda, a su recuerdo)

Sus hijos proyectarán hacia el futuro la personalidad y las obras de Fernando y no sólo por el parecido físico que guardan con él, sino, sobre todo, por la comunión de sus ideas, por el respeto filial y por la admiración hacia el maestro, unas virtudes que todos ellos comparten.