Gemma - foto de referència 20092011 és l’any en que hem perdut a la Gemma. Vaig escriure un obituari pel diari EL PAÍS i, finalment, no el van publicar. Ara el reprodueixo aquí, per primer cop, com una mostra de la intensitat, per a mi, de la seva presència.

Gemma Martín Sirarols

(1954 – 2011)

 

Directora general de la Fundación

Francisco Ferrer Guardia

 

 

Cuando en la segunda mitad de los setenta, algunos jóvenes empezamos a asomar la cabeza por las instituciones y movimientos del resto de Europa, Gemma Martín Sirarols fue la mejor de todos nosotros. Este “nosotros” comprendía a los demócratas de cualquier signo y no hallaríamos a ninguno de aquellos pioneros que no le reconociera a Gemma Martín la primacía. Tataranieta de un alcalde republicano de Vinaròs, librepensador y francmasón (de nombre simbólico, Villacampa, cuya medalla de oro con la escuadra y el compás llevaba siempre en el bolso), educada en  el Liceo francés y, por tanto, laica, francófona y francófila, anglófona tímida, pero desenvuelta, no tuvo que descubrir Europa, como sus compañeros de aquella época, porque ella era radicalmente europea. Nos enseñó a los demás a ser europeos y lo hacía con el catalán impoluto que había cuidado primorosamente y con el castellano culto de la mejor tradición barcelonesa. ¡Sin mezclar las lenguas!, un vicio que detestaba. No fue extraño, por tanto, que fuera la primera tutora  española del Centro Europeo de la Juventud en Estrasburgo entre 1979 y 1984, un destino que le abría las puertas de una brillante carrera de funcionaria en el Consejo de Europa. No la siguió. Ella y Benet retornaron con el pequeño Marc a Barcelona, donde fue el corazón del Congreso Mundial de Juventud de la UNESCO en 1985 y la levadura de una generación de activistas juveniles que dejábamos de serlo y que creamos el 31 de diciembre de 1987 la Fundación Francisco Ferrer Guardia.

La Fundación ha sido, después de su familia, el espacio en el que ha dado lo mejor de sí misma al servicio de los demás. Fugitiva de cualquier vanidad, hubo que obligarla siempre a aceptar cargos cuando ella, simplemente, ejercía, y muy bien, responsabilidades. Daba igual que fuera vicepresidenta (entre 1987 y 2000) o directora general (entre 2000 y 2009) de la Fundación, porque ella siempre estaba al pie del cañón, accesible, abierta, dialogante, desarrollando un modelo de eficacia basado en la comprensión del otro y en la tolerancia, pero también en la firmeza de una escala de valores sólidamente enraizada en sus convicciones librepensadoras, a las que ha sido siempre fiel. Puedo asegurar que en los más de treinta años de nuestra amistad, se enfadó conmigo una sola vez, cuando ambos compartimos desde la razón una decisión institucional dolorosa, pero ella quería evitarla, desde las intuiciones generosísimas de su corazón.

Su capacidad de amar, en efecto, es la clave del desarrollo de la Fundación Ferrer y de las entidades del movimiento laico y progresista, en Cataluña, sobre todo, pero también en el resto de España. Ella producía la atmósfera que todos hemos respirado y su impronta marca, entre muchas otras cosas, los casi sesenta números de la revista Espai de Llibertat, que se trabajó de la cabeza a los pies, con una simple mención como miembro del consejo de redacción. Sabía escuchar y sabía comprender. Sin sus virtudes, nos habríamos ahogado en un dedal al primer tropiezo. Ahora, al extinguirse la vida de Gemma este 23 de noviembre de 2011, tenemos con ella una deuda impagable que nos compromete a seguir su ejemplo de coherencia vital (a seguir de lejos, porque en ella parecía tan fácil, pero ¡qué difícil es ser coherente!) y a mantener vivo su recuerdo, como ser humano, como mujer, como presidenta de honor a perpetuidad –aún tuviste fuerzas para oponerte a este último nombramiento…- de la Fundación Ferrer, y, sobre todo, como amiga del alma, inquebrantable, segura y leal.