Le escribí algo parecido hace unos días a un antiguo alumno:

 

Estoy en contra de la locura colectiva, del nacionalismo de los unos (sobre todo) y del nacionalismo de los otros (casi tanto), de la simplificación de lo complejo, de la complicación de lo sencillo, de las excusas de una clase política desgraciadamente desacreditada que pretende que olvidemos su ineptitud con luchas de banderas. Los contrarios a la independencia, en lugar de hablar del atractivo de la unidad en la pluralidad, se enzarzan en amenazas y despropósitos, y no tienen ningún reparo en mentir; los favorables a la independencia, por su parte, venden paraísos ficticios, desconocen o quieren desconocer deliberadamente el Derecho (lo que no puede por menos que inquietar a un jurista, cuya vocación es encontrar soluciones a cualquier problema en el Derecho)  y algunos de ellos han empezado a ser tan maleducados como algunos de los primeros, no teniendo tampoco ningún reparo en mentir. Como Estanislau Figueras i de Moragas, “estoy hasta los c… de todos nosotros” …