En abril de 2008 dejé en la biblioteca del estudio de mi padre en la Torre Glorias un ejemplar de la obra coescrita con Fabián Mohedano “Joves escoltes i francmaçons adults”. Y, como si hablara con él, que nos había dejado un mes antes, escribí en la primera página:

Para la biblioteca de Comarruga. Desde la evocación de todas aquellas cosas sobre las que nunca pudimos hablar – desde el recuerdo, también, de los diálogos posibles y de los entendimientos implícitos.

 

Me he encontrado con aquel volumen durante estos días de estío en Comarruga, y he vuelto a leer por vez primera lo que escribí entonces. El guión solitario que precede al inciso final, carente de sentido gramatical, parece indicar que no me había quedado satisfecho con la primera parte, escrita a vuelapluma, como casi todas mis dedicatorias. Y, sin pensarlo ni un segundo, añadí un toque positivo y optimista. Recordé, de repente, que sobre mi trabajo “La búsqueda de la justicia como valor permanente en la obra del profesor Pont Mestres”, de 2004, él me había dicho: “sólo tú y yo habremos entendido el significado de muchas cosas que has escrito”. En realidad, él no se refería tanto a lo que podía leerse, sino a lo que podía entreverse tras las líneas de un texto que contiene algunas páginas de intimidad intelectual entre nosotros, una intimidad entre dos visiones de la vida, a la vez distintas e iguales, distantes y próximas, definitivas y provisionales, que sólo podía darse por razón de la sangre y de la común pasión por el conocimiento.