Las elecciones convocadas para el próximo 27 de sptiembre al Parlamento de Cataluña son, obviamente, unas elecciones como las demás que se han celebrado desde 1980 al amparo del Estatuto de Autonomía y tienen la doble finalidad de escoger a 135 electos -por utilizar la expressión tan simbólica de los franceses- o representantes de los votantes y de crear una u otra mayoría capaz de designar al Presidente de la “Generalitat”. Sin Constitución, sin Estatuto y sin ley electoral, por muy transitoria que sea ésta, no tendrían lugar estos comicios. El marco legal es clave e insoslayable: no hay elecciones libres sin una referencia de estabilidad normativa definidora de su significado, de las reglas de juego y de las instituciones destinatarias. Lo que, desde luego, es diferente en estas elecciones es el elenco de candidaturas y de programas.

Un primer grupo de candidaturas que podríamos llamar no habituales está constituido por la traducción política de la decepción y del pesimismo. De un lado, un cierto fatalismo nacional, que afecta a una parte considerable de la población políticamente activa, según el cual nuestro mayor problema es el encaje de Cataluña en España, encaje que se considera hoy imposible, razón por la cual se propugna la desconexión de Catalunya respecto de España. De otro lado, una parte de la población está justificadamente indignada por el empeoramiento de las condiciones de vida, la exclusión social y el aumento de la desigualdad. Unos y otros están enfadados, pero creo que los segundos con mucha más razón que los primeros, entre otras cosas porque una parte del sufrimiento de los excluidos procede del abandono de la política de gobierno de quienes lo fian todo al color de su bandera. Estas dos candidaturas se denominan con frases alusivas a su excepcionalidad: “Juntos por el Sí” y “Cataluña Sí se Puede”. Tienen una cosa en común: saben mucho mejor lo que no quieren (unos rechazan a España; los otros, al sistema) que lo que quieren (unos no tienen programa porque son una nueva “solidaridad catalana”, los atros tampoco lo tienen, porque todavía han de probar mil cosas con el método del ensayo – error).

Un segundo grupo se moviliza para reaccionar contra el grupo anterior. Unos están horrorizados con la propuesta de independencia de Cataluña (Ciudadanos) y los otros pierden la cabeza cuando ven a los militantes del feísmo estético subvertir el orden establecido (Partido Popular). En Cataluña, mucho más que en el resto de España, estos dos partidos representan también la expresión de un rechazo.

Los dos grupos recién esbozados se alimenten mútuamente a través de su enfrentamiento y obtien su fuerza de la negación del adversario. Tienden a pensar que son la vanguardia de una comunidad en peligro y se concentran en la crítica del otro. A menudo les pesan más las consideraciones estéticas que las propuestas de políticas reales: el color y el número de las banderas, los nombres de las calles, los falsos enfrentamientos… Ninguno de los dos grupos ha entendido realmente que la construcción de una república de ciudadanos no tiene nada que ver con el nombre del Jefe del Estado, sino con la vivencia efectiva de unos valores compartidos, uno de los cuales es el pluralismo (en todas sus dimensiones) como la mejor forma de impulso de una sociedad madura y abierta.

Queda, finalmente, un tercer grupo que podríamos calificar de “moderado”: no habla en negativo, no busca la identificación de un enemigo que batir, acepta las reglas jurídicas rectoras de la convivencia, porque respeta al Derecho como emanación de una conciencia social recta y solidaria, desea que las cosas mejoren, pero sabe que la búsqueda de la perfección no es más que una excusa de desorientados que no saben andar paso a paso. Aquí hallamos a las personas sanamente conservadoras (Unió Democràtica) y a las sensatamente reformistas (Partidon Socialista). No desean romper nada, no necesitan adorar a los falsos ídolos de las quimeras nacionales o sociales, no ven en el otro más que a alguien que pertenece a un “nosotros” y tienen la vocación de servir a la república a través de la educación universal, del cultivo de las virtudes públicas, de la fraternidad que es capaz de superar cualquier barrera artificial y de la cooperación leal entre todos los operadores individuales y colectivos, públicos, privados y del Tercer Sector. El único dogma de este grupo es la cultura de los derechos humanos en el marco de un sistema político representativo y respetuoso de las libertades y de las diferencias.

Reescrito fraternalmente en castellano para Antonio, en La Coruña.