Ciertamente, ya ha empezado la campaña electoral para las elecciones del 27 de septiembre y, como era previsible, como en realidad ya se pensó al hacer la convocatoria, el único tema de debate es el encaje o la desconexión. Si Cataluña puede continuar siendo una parte de España o si desea abandonarla. Como era previsible, también, ya han empezado las descalificaciones personales y las acusaciones de traición.Un buen amigo de Madrid, bohemio, heterodoxo y libertino, a pesar de las virtudes que le adornan, ya nos ha anunciado a cuantos no compartimos la visión más rancia de España que nos espera un fusilamiento al amanecer. Joan Rigol, a quien respeto, ha excomulgado oficialmente a todos sus viejos compañeros de Unió Democràtica: buscar una tercera vía es debilitar la voz de Cataluña. Raül Romeva ha recibido palos de sus camaradas, de los mismos que le votaron con entusiasmo para llevarle al Parlamento Europeo. Un querido discípulo escribe sin matices sobre “la mayoría social del sí-sí” y abandona sin cautela alguna, a pesar de su deseo de que tras las elecciones reine un diálogo “transversal”, el rigor que le caracteriza en otras actividades. En Madrid, el ambiente anticatalán es irrespirable. Lo lamento mucho. Lo lamento porque yo también soy madrileño. Por razones muy íntimas y por motivos más filosóficos. Soy madrileño como Hemingway, y de Barcelona, Cartagena, Lérida, Alicante y demás ciudades que sufrieron durante la guerra los bombardeos criminales de la aviación germano-italiana sobre la población civil. En Barcelona, pero sobre todo en Vic y en otros lugares perdurablemente carlistas, el ambiente antimadrileño es también irrespirable. Lo lamento, también, mucho, porque Barcelona no se merece la condena de encerrarse en sí misma que algunos reservan para ella.

Continuaré a pesar de todo con mis esfuerzos para promover el diálogo y aceptaré, si recibo la propuesta, una cátedra honorífica y no retribuida en una institución de Madrid. De la misma forma que ya presido una entidad española, escogido por mis consocios del conjunto dec España. Y continuaré llamando España a España, sin utilizar el grosero sustituto de “Estado español”, el eufemismo nacional sindicalista de triste recuerdo. Igual de triste que el término “Estado catalán”, asociado a los pelotones uniformados de Dencàs y de Badía. El fascismo del conjunto de España y el fascismo específicamente catalán fueron partidarios de la palabra “Estado” para la denominación de un territorio. Mala señal.

El diálogo entre Castilla y Cataluña es uno de los ejes vertebradores de España y la vía de ofrecer un ejemplo de diálogos bilaterales y multilaterales susceptible de dar fuerza y vigor a la España cervantina y liberal, consciente de su pluralidad.

Pero esto es harina de otro costal Hoy lo que me preocupa es el agotamiento del diálogo interno catalán. Cada vez nos comunicamos menos y cada vez nos tiramos más trastos a la cabeza. Lo más relevante es que ya casi no nos escuchamos, con contadas excepciones procedentes, sobre todo de itinerarios personales ligados al pensamiento. El adversario es el conciudadano que no piensa como tú. Tú, que has llegado a la creencia definitiva de tu vida, aunque este feliz alumbramiento fuera sólo hace dos días. A pesar de los años en que hayan o hayamos sido compañeros de viaje. Ahora ya no: o la adhesión o las tinieblas exteriores y, con ellas, el llanto y el crujir de dientes. Vamos así haciendo más largas las listas de traidores. Me has escrito “deja de nadar entre dos aguas”. Momentos de simplificación y de frases hechas. Quiero un país en el que cada día haya helado de postre… No toleraré que los catalanes modifiquen el régimen de hacienda autonómico… Habla sólo en esta lengua… Habla sólo en esta otra…

A los librepensadores, enemigos del todo o nada; a los federalistas, hijos de Pi i Margall y de su idea de pacto; a quienes no tenemos problemas de identidad y a quienes pensamos que el mundo necesita de todas nuestras fuerzas para frenar a los enemigos de la paz y del progreso, nos molesta que quieran excluirnos del escenario. No nos quieren los de la España calderoniana y aburrida porque ponemos en solfa su modelo de país uniforme. No nos quieren los de la Cataluña vicense y montserratina porque gozamos de un sentido del humor que ellos no han tenido nunca. Unos y otros suspiran porque nos callemos, pero no lo haremos. Entrelazaremos nuestras manos con todos los “terceristas” y llevaremos al Parlamento a electos no dogmáticos, inteligentes, divertidos y negociadores. Gente de diálogo. Capaz de leer a Pla y a Vázquez Montalbán, a Espriu y a Maragall, a Vicens Vives y a Madariaga.

Los “todoonadistas”, si me disculpáis la expresión, no nos queréis, os estorbamos en vuestra guerra particular de exclusiones mutuas. Cada día nos declaráis fallecidos a los terceristas. Y no es verdad. Y tenemos una ventaja sobre vosotros: hablamos siempre en positivo, porque nuestra aspiración es fraternalmente republicana.

Versión castellana para CONTRAPOSICIÓN.ORG