Me gusta que Barcelona no se haya adherido a la Asociación de Municipios por la Independencia, pero me ha gustado muy poco el debate. Agradezco a nuestra Alcaldesa que nos haya librado de esta mácula. La independencia, si llega algún día, ¿no deberá ser a través del sufragio universal, individual, secreto? Entonces qué hacen aquí los municipios? ¿O es que la independencia no va a llegar por las vías de la democracia representativa sino por las de la familia, el municipio y el sindicato? Un municipio se puede hermanar con otro, se puede corsorciar para organizar el transporte, el agua o la protección del medio ambiente, ¡pero no puede asumir como propia una opción política! Los municipios no tienen ideología, tienen gobierno y, además, esperan tener un buen gobierno. A mayor abundamiento, Barcelona, muy en especial, es, ha de ser y sólo puede ser una ciudad abierta, libre, cosmopolita, donde convivan conservadores y liberales, convencionales y canallas, ortodoxos y transgresores; donde se combine lo público con lo secreto, la fachada con la intimidad, la distancia con la proximidad. Una ciudad así no admite ninguna etiqueta y, sobre todo, no la merecen sus ciudadanos.