La generación de nuestros hijos lleva a los suyos a las cabalgatas de los Reyes Magos, que en la leyenda cristiana no fueron ni reyes ni magos, sino algo mucho más difícil que los ingleses definen con claridad, “Three Wise Men“. Un chiste feminista señalaba la imposibilidad de tal hallazgo. Hasta Gerardo Pisarello hace hoy de Rey Mago en la cabalgata de Barcelona…, siguiendo una práctica de los Tenientes de Alcalde de nuestra Ciudad.

Algunas personas se interrogan hoy en las redes sobre si es o no ético jugar con esta mentira, digamos piadosa, en la educación de las nuevas generaciones. No creo que sea un problema de Ética. De entrada, porque si un niño consigue conectarse a la Red en la televisión del salón con dos años para buscar dibujos animados o poner en funcionamiento el primer móvil que encuentra para organizar una video-conferencia con sus abuelos, resulta risible pensar que ninguna de las viejas patrañas infantiloides pueda sobrevivir más allá del día en que aprenda a leer. No creo que sea un problema de Ética, como decía, sino de opción. En la España nacional-católica, los Reyes Magos formaban parte de la represión de la época ligada a la dualidad premio-castigo. No era una cuestión de magia, era un engaño interesado. Era la moral heterónoma de la imposición y, en el trasfondo, la idea de pecado-condenación / virtud-salvación. Ya Ferrer y Guardia había criticado el método de premios y castigos. En los ochenta, tratamos de educar a nuestra hija en la autonomía moral y en el librepensamiento: esto excluía el binomio virtud-premio para introducir la idea virtud-impulso interior. Ésta sí era una cuestión de Ética. En este marco, los regalos dejaban de ser premios, para ser expresiones de cariño, la magia cedía el paso a la razón y al corazón. Y, sobre todo, los regalos no se pedían, nada de “cartas”, nada de vanas pretensiones de que es suficiente reclamar para obtener algo. La Navidad, una fiesta universal, entendida como un sinónimo de paz sin connotaciones religiosas dogmáticas, aunque sí como parte de la “religión de la humanidad” y como un gesto de proximidad y de respeto entre las creencias y convicciones.  No celebrábamos entonces nunca los Reyes, entre otras cosas, porque solíamos estar esquiando en Francia para esos días y allí ni se habla del tema. Pero, insisto, yo soy un viejo librepensador y no descubrí el “realismo mágico” hasta que leí con fruición, entre otras, obras del estilo “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel y “La casa de los espíritus” de Isabel Allende… Hoy, la vetusta religión del miedo casi no existe, ¿qué daño puede hacer un poco de magia? ¡Si no se usa como palo y  zanahoria!

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